Una organización cristiana de ayuda
a jóvenes en situación de riesgo, en Nueva York, nació de un compromiso inusual
con la oración. Su fundador vendió su televisor y dedicó el tiempo que pasaba
mirando televisión (dos horas por noche) a orar. A los pocos meses, no solo
entendió mejor lo que quería emprender, sino que también aprendió a lograr un
equilibrio entre alabar a Dios y pedirle ayuda.
La oración del rey Salomón en la
dedicación del templo muestra este equilibrio: comenzó resaltando la santidad y
la fidelidad de Dios. Luego, le atribuyó al Señor el éxito del proyecto y
enfatizó su grandeza: «los cielos y los cielos de los cielos no te pueden
contener; ¿cuánto menos esta casa que he edificado?» (2 Crónicas 6:18).
Después
de exaltarlo, Salomón le pidió que prestara especial atención a todo lo que
sucedía dentro del templo, que mostrara misericordia a los israelitas y que
supliera sus necesidades. Inmediatamente después de su oración, «de los cielos
descendió fuego y consumió el holocausto y las víctimas, y la gloria del Señor
llenó el templo» (7:1 RVC). Esta respuesta increíble nos recuerda que el Dios
poderoso a quien le hablamos y alabamos en oración también nos escucha y
responde a nuestras peticiones.
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