Peter creció durante la rebelde
década de 1960 y se alejó de la religión. Había asistido a la iglesia siempre,
pero no aceptó a Cristo como Salvador hasta después de un accidente, con poco
más de 20 años. Desde entonces, no ha dejado de hablarles a otros del amor de
Jesús. Ha sido una verdadera travesía.
Sin duda, «una travesía» describe la
vida en este mundo accidentado. En el camino, encontramos montañas y valles,
ríos y llanuras, carreteras concurridas y senderos solitarios; es decir, altos
y bajos, alegrías y tristezas, conflictos y pérdidas, angustias y soledad. No
podemos ver lo que está por delante, así que debemos aceptar las cosas como
vienen, y no como desearíamos que fueran.
No obstante, el seguidor de Cristo
nunca enfrenta esta travesía solo. La Biblia nos recuerda que Dios está siempre
con nosotros. No hay lugar adonde vayamos que Él no esté (Salmo 139:7-12).
Nunca nos dejará ni nos abandonará (Deuteronomio 31:6; Hebreos 13:5). Jesús,
después de haber prometido enviar al Espíritu Santo, les dijo a sus discípulos:
«No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros» (Juan 14:18).
Podemos enfrentar tranquilos los
desafíos y las oportunidades que se presentan en nuestro viaje, porque Dios nos
prometió estar siempre presente.







